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martes, 22 de mayo de 2012


Atención Integral para niños (as) con Déficit de Atención con y sin hiperactividad. Intervención personalizada psicológica y pedagógica; formulación de pautas de crianza y estudio de las habilidades y potenciales así como del papel familiar. En Medellín y el área metropolitana la intervención preferiblemente es domiciliaria y dirección virtual de pautas y seguimiento. Para mayor información escriba sus interrogantes al correo saludpsi2010 @gmail.com  ó comuníquese cal 3116003375. La asistencia está diseñada para dar respuesta al caso especifico basados en resultados, por lo tanto se interviene tanto con niños medicados  y aquellos que no reciben este tipo de tratamiento.

jueves, 15 de marzo de 2012

GUERNICA VII LAS VIOLENCIAS DEL DISCURSO: EL DIA QUE UN RAPERO LE ENSEÑO SOBRE DIGNIDAD A LOS GOTICOS, PUNKS… Y DEMAS GRUPOS QUE OSAN LLAMARSE TRIBUS.

IMÁGENES QUE JUSTIFICAN LA PEREZA DEL PENSAMIENTO




De ahí que Aristóteles se volcara en este asunto, intentando encontrar un criterio que le permitiera discernir con claridad entre estas dos modalidades: por un lado lo que cabalmente es;  por otro lado lo que se limita a participar del ser de otro.
Víctor Gómez. Filósofo


Psicóloga Sandra Milena Casas Herrera





 Al observar las manifestaciones culturales y cambios en el modo de la participación de los jóvenes de otros países, uno se da cuenta con facilidad, que existen latitudes en las que la juventud a renunciado a la impresión facilista que sólo se traduce en una moda al vestir; al contrario y a la luz de la crisis económica que ya afecta países del primer mundo, la juventud opta por renunciar al placer exhibitorio que tiene su máximo momento de estasis en las discotecas, parques y sitios de encuentro.

Un cambio en los ideales y el nacimiento de una preocupación real por el lugar que ocupan las acciones estatales y de los grupos influyentes, en la forma de vivir la democracia, es tal vez, el giro mental que debe suceder cuando la energía adolescente desatada en el vestir y en el parecerse, llega en un momento de la adultez temprana para convertirse ya no en sirvienta de la “tribu” a la cual se pertenece, si no, más bien, en gestora de actos dignificantes;  comprendiendo que todos hemos de perecer y nuestra imagen no trascenderá en un universo del disfraz y la simulación, pero tal vez si persista la acción a tiempo, la preocupación por una ética que logre hacer vulnerable lo ficticio. ¿Para qué?, por supuesto no para hacer desaparecer lo que conocemos como ficción o imaginieria (mucho menos la estética), si no para poner a tambalear lo ficticio mental que es aquello que muchas veces creemos que representamos al adherirnos a los grupos notorios (a lo establecido)¸no por su inutilidad, al contrario, por entender que tienen una utilidad protectora y forjadora de la identidad que solo se justifica en la mente adolescente y que, con muchas razones de peso se desvanece para dar paso a la certeza en el comportamiento más allá de la absurda literalidad de vestir como los demás o resaltar cierto tipo de prácticas. 

Lo anterior es un panorama de fondo para ver lo que podría llamarse: su-estéticas del idiotismo colectivo; siendo éste estado de idiotismo más acusado cuando quienes se denomina a sí  mismos como pertenecientes a un grupo (emos, góticos, punks, etc), no son ya adolescentes que busca espacios donde validar y ejercitar su autonomía, si no adultos  jóvenes y, aún más adultos que no han logrado renunciar a su pequeña masa porque es su centro de control, de visualización y expresión. A los colombianos con frecuencia se nos olvida que lo substancial no se  logra por el camino de la teatralidad, sino que al contrario, los movimientos juveniles se han gestado sobre preocupaciones reales acerca de la participación ciudadana y las falencias estatales para mejorar la calidad de vida de la juventud. 


En la Villa, en el parque el poblado, por la carrera 70, en el parque del periodista y el parque Lleras, uno observa la persistencia de los adultos en un discurso que no se da por inclusión de ideales, si no por exclusión de personas. Las conversaciones son las mismas, el fondo no es otro que la justificación de la no acción, argumentando que el estado falla, y que la evidencia de ese fallo, es el grupo del otro; por lo tanto, si se ridiculiza al otro, si se lo saca, se piensa que se hizo algo que crear mayor participación en términos de lo aceptado por el grupo. Es mentira, que uno ayude a fortalecer tal o cual idea mediante la  oposición a un grupo, eso mas bien, es expresión de lo que aun no logramos comprender, eso que se esconde detrás de unos jeans, de un chaqueta de cuero, de la imagen perfecta que me autoriza a estar en tal o cual grupo, no es participación.


En nuestros lugares comunes, no están los adolescentes, esto más que todo porque en nuestra ciudad los accesos al esparcimiento siguen las directrices de distribución de las drogas y el alcohol y, por ende el adolescente queda excluido. Se notan son adultos resentidos, ansiosos de contar porque no pasa nada, pero dispuestos a perder la cabeza en el alcohol con tal de que al otro día no les queden fuerzas de hacer nada. Lógicamente, ni yo ni nadie sale a disfrutar un rato con los amigos con el fin de cambiar el mundo o de producir un cambio social importante; lo cuestionable en el comportamiento de nuestros grupos es que al parecer llegamos al final del argumento, al final de la pagina con acciones y palabras que desautorizan al otro y lo reducen a un monigote vestido (mal vestido lógicamente si no es de una tribu determinada); incluso la palabra tribu se mal utiliza y se la rebaja porque las tribus fueron y son, sistemas de acción social conjunta dentro de un entramado de relaciones entre el poder y el pueblo (son acciones).  Qué lejos estamos de indignarnos por lo que realmente agrede la democracia y se convierte en un obstáculo para el desarrollo personal y colectivo.

Al final cada uno puede vérselas con su ética y su conciencia cada día o, en el caso de algunas personas: nunca porque su narcisismo no les permite poner en un contexto una acción más allá del espejo. Lo que sí me parece patético es seguirnos quejando cuando somos unos adultos con retraso en el nivel de participación social y, lo sufrimos porque como he mencionado nuestra participación ha sido generada desde la exclusión y, desde este punto de vista es poco probable, pensar en mecanismos que tengan impacto más allá de los dos metros en los que me siento con mi grupo.


Somos tan absurdos a la hora de categorizar qué es tragedia humana y qué no lo es: la tragedia en Medellín y, gracias a nuestros días de narco-estética, se relaciona con ser feos, con no tener, con no andarse por los lugares que todos ven, somos incapaces de concebir el placer en términos personales; el placer siempre está subordinado a qué el otro me vea sentir placer, que lo podamos sentir juntos y, pues si no se siente, ¡por lo menos nos vieron! . Lo anterior se ve claramente en nuestra tendencia provinciana de solo salir donde hay más gente y donde uno pueda ser visto. Si no lo vieron, usted simplemente no figuró y eso, al parecer en nuestra ciudad es gravísimo. Los centros de diversión de Medellín se ciñen a esa mentalidad de la fachada, por eso uno ve desfiles completos con críticos a lado y lado de las aceras y, todo el que pasa se complace mentalmente pensando que fuí visto, calificado y aceptado; allí radica la sensación de inclusión social de nuestro pueblo. Esto explica porque nos cuesta aún incluir cuando si es urgente y tiene que ver con el respeto por los derechos del otro (discapacidad, extrema pobreza, victimización, etc.) ; pero ¿cómo preocuparse por la exclusión de las minoría, si estamos en un contexto donde una talla 36 de sostén, excluye a todas las mujeres con talla 32? y estamos bien con eso.


Nos es requisito salir a tomarnos una cerveza y preocuparnos por nuestro lugar como sociedad, pero deberíamos callarnos cuando proponemos fachadas como sustituto del discurso; lo que indigna es que aún (como acotara Jaime Garzón), estamos cómodos con el niño que huele pegante y recoge las botellas a la una de la madrugada, con las riñas callejeras que reflejan nuestra mentalidad violenta y avasalladora. La comodidad en medio de tanto  dolor, carencia y ausencia estatal es una burla a todo discurso de cambio, a toda toma de conciencia. Se pregunta uno a este paso ¿Cuándo nos indignaremos los jóvenes en Colombia?, de pronto el día que nos autorice la mayoría a hacerlo o en un momento en que todos quepamos dentro del mismo  grupo. Estamos lejos de la renuncia a eso placeres exhibitorios y,  posar los ojos en lo que nos agrede realmente como individuos se desvanece en el horizonte.


En cambio, modificaciones importantes dentro de un contexto de participación juvenil, se dan con más frecuencia en las comunas de Medellín más azotadas por la violencia en los últimos años.  Con un telón musical compuesto por reggaeton y hip hop, podes observar proyectos reales para re-dignificar la vida. Ellos comprendieron el valor de una vida, de muchas vidas, de una madre que no ve llegar a los hijos y que a veces no quieren que llegue porque entonces ella peligra, aprendieron a los golpes el valor del dinero que se gane con trabajo, aprendieron que la ira tenía un costo social y emocional tan alto que no podían pagar. En lo personal no me gusta el reggaetón o el hip hop; pero cuando uno ve que estos jóvenes después de sufrir una ruptura en los ideales con respecto a la vida, después de visitar más los cementerios que los colegios, son capaces, sin importar el fondo, de pensar en construir, en participar y de acceder por buenas vías a sus derechos, uno si siente que tienen el derecho a escuchar lo que se les dé la gana (por banal que suene) porque ellos su tarea como agentes de cambio social si la cumplen, por tanto con la fachada pueden hacer a su antojo.


Nadie nos obliga a ser conscientes de las necesidades sociales y del absurdo de las condiciones de desigualdad y la corrupción de este país, lo que si nos hace ver ridículos es meter a la fuerza discursos de cambio en cuestiones que no hacen diferencia ni dentro del closet ni fuera de él. Ni el latex, ni los taches ni los tatuajes reemplazan  la acción, con frecuencia solo enmascaran la quietud, el miedo y la loca carrera por desautorizar al otro.

Jaime Garzón.

martes, 6 de marzo de 2012

GUERNICA VI: Las violencias del discurso.

La filarmónica abraza la esquizofrenia, Beethoven no se rinde.

Sandra Milena Casas Herrera.
Psicóloga  


Enseñamos a los niños y, aún a los adultos con base en una negación de la acción: lo que no se debes hacer; entonces, claro se instala la pasividad, la imposibilidad y queda marcado en el ser que la quietud es un estado apropiado, porque no se peca, no se comenten errores, pero más allá  de este procedimiento preventivo, lo que aprende  es a privilegiar la no acción por encima de la acción. Crecemos bajo este parámetro y paradójicamente encontramos que todos los problemas humanos para ser tratados requieren acción, pero ¿acción de quienes?, ¿cómo?. Incluso los tratamientos para los problemas del comportamiento  siguen siendo métodos para acallar síntomas, métodos para frenar el impulso y que tal si nos preguntamos por acciones por el “si”, ese sí que es creación que es acción, ese sí que regalan los padres a un hijo cuando lo invitan a que sea, que diga, que cree. Es necesario, antes de toda represión, pensar con esperanza en la acción, dejar que la acción se de paso, que si se pueda, que no se deba, que la gente sea por lo que hace y no por aquello que debe esconder o medicar o, simplemente acallar.







Nuestra sociedad es concebida desde la represión y el ajusticiamiento; en ella, se da lugar a la cura pensada como el efecto mágico de matar síntomas, por ende, toda cura que denota tranquilidad individualidad, es dudosa. Pertenecemos a un mundo donde la organización y el desarrollo es homologada con la contabilidad y el registro de las alzas y bajas de PIB. La piscología ha aceptado también como una auto-certificación, encontrar enfermedades, trastornos y males, añadiendo cada año nuevos ítems en los manuales diagnósticos, que a su vez son estadísticos, lo anterior repetido por décadas ha dado lugar a profesionales que se sitúan por encima del paciente porque conocen con anterioridad el nombre del mal  y, por esto, asumen que pueden frenar comportamientos, síntomas sin preguntarnos cuál es la forma particular en que cada uno de nosotros supera la muerte, el dolor y es capaz de vivir.

Surcar por los caminos de la acción, de la creación, asumiendo las probabilidades y la posibilidad de tener que retornar y reiniciar, es una idea que no le pertenece ni a la medicina ni a la psiquiatría; en una idea que nació con arte. Es el arte el que con su renuncia al silencio, a la hipocresía y la represión el que habilita el mundo de los posibles y se deja seducir por cada individuo para ser percibido individualmente sin conformismos y sin obligación. El arte nos enseño que el tiempo no siempre se mide por el dinero que, si el tiempo es dinero aunque para muchos no lo sea, el arte ofrece a cada ser humano la posibilidad de vivir segundos que valen millones, que no se compran porque nunca se venderían. Millones vale ver un músico con John Zachary Dellinger, llora frente a un grupo de personas sin hogar, porque su madre es esquizofrénica; por este mismo motivo, por conocer esa necesidad de comunicación, de paz, sabe que tocar frente a aquellos que no gozan de salud mental es, no solo un regalo para ellos, es una fuente de sensibilidad y agradecimiento por permitirle a él entrar en esos mundos tan lejanos que no distinguen lo real de lo imaginario y, que por lo mismo, son fascinantes y pueden entender el arte.



Nathaniel Anthony Ayers, un violinista con esquizofrenia, sin hogar, fue encontrado en 2005 por el periodista Steve López.  Ayers tocaba el violín en la calle con dos cuerdas únicamente y le produjo al escritor la sensación de salirse de la enfermedad, de encontrarse cuando tocaba. Hoy aún toca, pero ya no con dos cuerdas, toca un violín acompañado de destacados estudiantes y de Robert Gupta un destacado violinista que decidió donar la música para favorecer el confort y la salud de aquellos que están en universos intocables. Los universos intocables de la locura, esos a los que todo ser humano escapa porque dan miedo, pero también se escapa de ellos porque obligan a ser en ausencia de la legalidad del comportamiento, es decir, son universos que son acción constante, la represión de ellos es efecto del miedo. Gupta reconoce que los años más difíciles de su vida fueron aquellos en que no toco y, por eso reconoce en sí mismo el miedo a la locura, como si la locura fuese aquello que me impide ser, hacer, equivocarme y entrar al mundo donde uno esta cómodo.





Beethoven a punto de sucumbir a la locura al perder la audición no desiste, se queda para terminar lo que sabe no será nunca más el placer total de antes, deja que su música no corresponda a un ejercicio narcisista, una producción que el mismo se regala. A pesar de su sordera y aislamiento en 1823 le regala al mundo La Novena Sinfonía.
Nuestro mundo es un lugar definitivamente hostil con aquel que no se puede llamar “sano” o cuerdo y, aunque se hagan constantes esfuerzos por aceptar a aquel que se sale de la norma, el miedo a la locura siempre gana por encima del sentido humanitario de dejar que  el llamado loco, despliegue su forma de amar, sus miedos y, que lo haga no porque los demás estemos de espectadores avalando sus acciones, si no porque deberíamos ser capaces de renunciar a esa necesidad de que nos satisfagan y que todos sean interesantes para nosotros; empezar a pensar que a través de esa sensación el otro que es quien realmente sufre, escapa por ese momento al dolor y se deja abrazar por un mundo donde no hay tanto ruido y lo inentendible se convierte en música y la música cuando lo recibe no lo califica, no lo medica, no lo somete a
Electroshock, al contrario, lo abraza y reconoce la singularidad de los movimientos, las pausas, los silencios y la imposibilidad de que ese momento sublime suceda de nuevo. La música enseña que el ser humano no es estadística es singularidad y que solo esa singularidad le permite ser sensible al arte, le permite crear y le permite interpretar el mundo.

Colombia 1996. Necesito situarme en ese espacio y tiempo porque lo que hoy veo en las grandes escuelas de música como Berklee, me recuerda un adolescente de 12 años interno en un hospital mental de la ciudad. David padece de esquizofrenia, en aquella época aun se amarraba a las personas para evitar que se hagan daño o hagan daño a otros (cosa que en realidad no creo, porque ya bastante se aquieta con medicinas). Ingreso por sus crisis eran cada vez más complejas, la madre lo visitaba únicamente los fines de semana porque debía trabajar al otro lado de la ciudad cuidando a otros niños que tal vez nunca imaginaron la nostalgia de madre de esta mujer al ver un hijo atado, perdido confuso, un hijo al que ella sentía que dejó de entender cuando ella era la única que debía hacerlo porque era la madre al fin y al cabo. Una tarde jugando parques David menciona a su tía y el piano, también me cuenta que le gusta estudiar inglés y es muy rápido en el aprendizaje, en este momento no veo síntomas veo tranquilidad; David me cuenta que a veces o cuidaba una tía que tenía un piano porque alguno de sus hijos  fue músico; el piano lo vendieron y David ni toco ni estudio más. Ese día yo solo tenía a la mano un Libro: El Nombre de La Rosa de Humberto Eco y, antes de dárselo me preguntaba si de alguna manera podía serle útil y creo que lo fue, no por tratarse de una obra importante, sino porque en ese lugar donde le quitan la familia, el movimiento, la libertad, cualquier regalo alegra mucho porque es una conquista sobre el mundo. David me conquisto a mí.

El día siguiente le entregué todos mis textos con los que aprendí inglés, solo había que mirarle los ojos al ver que tenía un cómo, podía hacer algo. En esos momentos uno se siente egoísta por negarle a otros seres humanos la belleza, la estética, sobre todo en esos momentos en que necesitan ser rescatados. Lógicamente con ese entusiasmo aprendió rápido, desafortunadamente no era posible recuperar el piano y eso era lo que a él le faltaba. Esas visitas son tristes, dejan la sensación de que hay una gran porción del mundo que necesita un medio, que no es por caridad o por uno verse mejor, es simplemente que urge ante tanto dolor y soledad. La última vez que lo vi estaba feliz, mirando una pintura y recorriéndola con los dedos, pero al momento siguiente estaba amarrado a una columna y le rodeaban moscas porque no podía espantarlas. Esa escena parte la vida en dos, es allí cuando reconoces en esas otras fuentes de salud: las del arte un poder mágico y dignificante. David podía no llegar a adaptarse totalmente a la sociedad, mucho menos en un país en el que nos falta tanto por decir a este respecto; pero comprendí la diferencia básica entre el mundo del arte y de la psiquiatría: el arte nunca renuncia a la dignidad humana, no somete a nadie, no deja que le vuelen moscas alrededor el arte no daña ni resta importancia a quien lo produce, David era digno un ser humano tocando piano y aprendiendo inglés. 

Este es un pequeño homenaje a ese joven que no sé donde está o si está, pero al que alguien debería contarle que sus notas y su magnífica inteligencia resuenan aun en mi, aun me sobrecogen como una melodía triste, pero como siempre (como nos enseñan los demás músicos de esa filarmónica de hermosos locos) siempre con pasión, amor y dignidad, siempre corriendo el riesgo…